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Fecha de finalización: 2016

Ubicación: Valladolid, España

Autor del Proyecto: Óscar Miguel Ares Álvarez

Fuente: Óscar Miguel Ares Álvarez

Web: ver aquí

Contratista: Conedavi S.L.

Diseño estructural: ARBOR S.L.

Diseño instalaciones: EULEN S.A.

Dirección de obra: Javier Palomero Alonso

Colaboradores: Bárbara Arranz González, Jesús J. Ruiz Alonso, Dorota Tokarska

Fotografías: Jesús J. Ruiz Alonso, Pedro Iván Ramos Martín

Superficie: 1980 m2

A veces, la arquitectura te da la oportunidad de delatar. De censurar. Cuestionar una manera de entender el alojamiento de uno de los sectores más vulnerables de nuestra sociedad: el de nuestros mayores. En muchos casos viven en edificios que se gestionaron con la calculadora del beneficio, la optimización del recurso económico o la cicatería en la dotación del personal; demasiado negocio sin pensar en sus residentes. Pasillos interminables, semejantes a clínicas, que albergan a ambos lados habitaciones desprovistas de personalidad. El mismo modelo de cama, idéntico escritorio, tal vez el mismo color de toalla. Muy a menudo el traspaso del umbral de la vida útil supone el abandono del hogar; la pérdida del recuerdo, la desorientación, el adiós a lo cotidiano. Una vida que se deja en muros, muebles y paisajes. En ocasiones solo queda vivir. Vida sin hogar; minutos y horas sin reloj.

A veces, la arquitectura te da la oportunidad de reflexionar. Nuestro proyecto debía ser algo más, y así lo entendió Ana; la propietaria. En medio del duro paisaje de la meseta vallisoletana la manida y deseada idea del vergel; pero confinado tras una cáscara de bloques de hormigón aparejados de manera apilastrada que delimitan una frontera entre la hosquedad y la calidez. La obsesión del proyecto fue la de crear un lugar en vez de un sitio; algo que los arquitectos no sabemos hacer, más preocupados por las cuestiones visibles que las fungibles. Un hábitat  donde se volcaron las lecturas sobre Pallasmaa, Aldo Van Eyck, Alberti y tantos otros mitos, los míos, que me daban la oportunidad de hacer aquello de un edificio como una ciudad. Las habitaciones, pequeñas casas, idénticas pero agrupadas de manera aparentemente aleatoria a fin de subrayar la individualidad; y con ella la de cada una de las – subrayo – personas que allí habitan. Y toda esta agrupación de viviendas, de este pequeño pueblo, alrededor de un jardín en el que crecen acacias, césped y rosales, pero que también permite la visita de la luz y la visión del cielo de aquellos que permanecen postrados. No es casual una cubierta inclinada, como tampoco una puerta-portón a la entrada de cada habitación, ni las sillas y mesas al salir del pequeño hogar; donde los pasillos no son tales si no que forman calles y pequeñas plazas, que permiten la relación próxima con el vecino, el familiar, el compañero; conforme a esa vecindad de sillas en la puerta de casa que tanto conocemos en el medio rural castellano. Todo lo demás ya lo conocéis: el juego de la arquitectura. La ingravidez, la luz, los diálogos de opuestos.

A veces, a partir de la arquitectura, podemos permitirnos estar un poco más cerca de los que fueron todo y merecen más.

 

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