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Fecha: 04/07/2018

Web: Ver aquí

Procedencia: Harvard Business Review

Autor: Ranu S. Dhillon

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En medio de los brotes actuales de ébola en la República Democrática del Congo (RDC) y el virus Nipah en la India, ha surgido una amenaza incluso más aterradora. El año pasado, un grupo de investigadores recreó un virus extinto parecido a la viruela con ADN que compraron online por solo 100.000 dólares (unos 86.000 euros) y publicaron cómo lo hicieron. Su hazaña aumenta la preocupación de que los regímenes corruptos y organizaciones terroristas puedan modificar o manipular patógenos de manera similar y usarlos como armas. El exsecretario de Defensa de EE. UU. Ash Carter, ha advertido de que esa artillería biológica podría convertirse en un rival del poder destructivo de las armas nucleares. Si un agente altamente contagioso fuera liberado en una ciudad importante, podría extenderse y matar a miles de personas antes de que quede claro lo que está sucediendo. Responder con eficacia a tales amenazas requerirá un cambio de paradigma hacia enfoques que sean más descentralizados, rápidos y ágiles de los que existen ahora.

El bajo coste y la accesibilidad de las tecnologías genómicas de la corriente “hágalo usted mismo” hace posible que tales armas sean desplegadas por casi cualquier agresor. Incluso pequeños cambios son suficientes para producir efectos peligrosos: una sola mutación fue todo lo que se necesitó para transformar el zika de una infección relativamente rutinaria a una que puede causar un daño cerebral a los recién nacidos. El hecho de que no haya manera de saber quién lanzó el ataque también reduce potencialmente el umbral para su uso. Los perpetradores incluso podrían diseñar y liberar varios agentes patógenos mortales al mismo tiempo y esto obstaculizaría nuestra capacidad de respuesta y sembraría confusión.

Después de liberarse un agente biológico modificado, probablemente tendremos un margen de varias semanas para evitar que cause una catástrofe global. Esto requiere controlar la transmisión de modo que cada persona infectada contagie a menos de una persona adicional de media, causando que la epidemia se estanque y comience a contraerse. Sin embargo, nuestra reciente trayectoria contra las epidemias que suceden de forma natural es preocupante y hacer más de lo que ya hacemos no será suficiente para detener a los agentes diseñados para diseminarse y matar más rápido.

Los esfuerzos de respuesta actuales se basan en el desarrollo de vacunas, terapias y sistemas de salud que centralizan la capacidad de diagnóstico, aislamiento y tratamiento en hospitales fijos. Sin embargo, las vacunas y las técnicas médicas tardan años en desarrollarse y algunos patógenos, como el VIH y la malaria, desarrollan formas de eludir la inmunidad o generan resistencia que los hace difíciles de atacar, incluso cuando el tiempo y los recursos no son limitaciones. En una era de biología sintética, las armas biológicas codificadas con tales características evasivas podrían crearse más rápido que las vacunas y las técnicas médicas para contrarrestarlas. Las innovaciones, como las plataformas de vacunas sintéticas y los anticuerpos monoclonales, podrían permitir un despliegue más rápido, pero incluso en el mejor de los casos aún tomaría meses; demasiado tiempo para eliminar las enfermedades contagiosas que se duplican en semanas y son difíciles de controlar una vez que ya estén extendidos.

Sin vacunas y productos terapéuticos, usamos el rastreo de contactos para rastrear y aislar a las personas infectadas para evitar que expongan a otras personas y brindarles cuidados de apoyo, como líquidos intravenosos, para aumentar sus posibilidades de supervivencia. No obstante, esa capacidad se concentra en los hospitales que, incluso en los países de altos ingresos, pueden verse abrumados rápidamente y también pueden promover la transmisión entre las personas que se amontonan en ellos. Estados Unidos tiene solo alrededor de 5.500 hospitales con un total de aproximadamente 900.000 camas, cantidad suficiente para cuidar de menos del 0,3 % de la población en un momento dado. Un contagio de rápida propagación podría llenar estas camas en días con pacientes infectados y otros que temen haber estado expuestos. No necesitamos mirar más allá de la temporada de gripe de este año cuando incluso Estados Unidos y Reino Unido enfrentan escasez de camas de hospital, sanitarios y elementos esenciales como líquidos intravenosos. Del mismo modo, la capacidad de prueba de laboratorio fue invadida durante la crisis de zika cuando, incluso en Florida (EE. UU.), muchas mujeres embarazadas no podían hacerse la prueba. En los ataques biológicos, los pacientes contagiosos que inundarían las instalaciones de salud o los laboratorios comerciales para realizar pruebas anularían esta capacidad y expondrían a otros que se apresuraran a llegar a estos mismos lugares en el proceso.

Estas lagunas no pueden remediarse simplemente mediante la construcción de más hospitales y laboratorios que languidecen sin uso hasta que hay una emergencia. Se necesitan enfoques más ágiles y descentralizados respaldados por nuevas tecnologías que acerquen las funciones de diagnóstico y tratamiento a las personas con menos necesidad de personal especializado e infraestructura que no se puede escalar.

Este tipo de enfoque permitiría diagnosticar a los pacientes en el hogar, la escuela, la oficina o la comunidad y aislarse antes de que infecten a otros. Varias plataformas tecnológicas actuales y emergentes (por ejemplo: CRISPR, nanotecnología, nanoporos e inmunoensayos) podrían mejorar la capacidad de hacerlo. Estas plataformas tienen como objetivo detectar cualquier patógeno, incluidos los microbios diseñados, con precisión a partir de pequeñas muestras de sangre y orina que no requieren técnicos capacitados para recolectarlas o procesarlas. Dichos diagnósticos podrían evolucionar hasta el punto en que puedan ejecutarse desde smartphones y ordenadores portátiles, permitiendo a los pacientes protegerse a sí mismos y, al igual que los detectores de humo, monitorear continuamente el entorno en busca de amenazas.

Además del diagnóstico, también se necesitan formas más eficientes para incrementar el aislamiento y la capacidad de tratamiento. Los hospitales de campaña de despliegue rápido como los que se usan en zonas de guerra podrían establecerse rápidamente y, cuando la transmisión se extienda en un radio más amplio, las personas también podrían aislarse en sus hogares. Los enfoques de autoevaluación podrían combinarse con consultas de telemedicina utilizando tecnologías similares a las de Skype o FaceTime para evaluar a los pacientes y servicios similares a los de Amazon para administrar medicamentos y tratamientos a domicilio. Se podrían enviar equipos médicos móviles para visitar a los pacientes que necesitan más atención práctica en sus hogares, mientras que las preciosas camas de hospital y el riesgo de transportar pacientes contagiosos podrían reservarse para aquellos que verdaderamente necesitan cuidados intensivos.

Estos enfoques y estrategias y las herramientas necesarias para su implementación deben ser desarrollados y estar listos para usarse. Así como los avances en tecnología nos han llevado al precipio debido a la combinación de dos de las más grandes amenazas de la humanidad -la enfermedad y la guerra-, las nuevas ideas y las innovaciones pueden ayudarnos a estar preparados para responder de forma efectiva si esas amenazas se vuelven realidad.

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