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Fecha: Enero 2019

Idioma: Castellano

Procedencia: ARC International Design Consultants

Web: ver aquí

Autor: Amy Porteous, Senior Healthcare Architect

 

En el diseño de espacios para personas mayores, la respuesta arquitectónica juega un rol esencial en la salud, bienestar e independencia de las personas. La “buena “arquitectura puede ayudarnos a vivir una vida plena en nuestra vejez. Los espacios deben adaptarse a nuestra forma de vida y a nuestras necesidades, más que ajustarse o seguir unos determinados estándares, normativas o seguir un determinado modelo de cuidado institucional.

Para lograrlo, es imprescindible la máxima de  “cómo hacer la vida más fácil” a las personas que viven esas en arquitecturas. Se trata de personas que necesitan asistencia para orientarse, que se mueven a otra velocidad, o que requieren de puntos de apoyo. Personas también cuyo universo diario, cuyo escenario de vida, discurre en esa sucesión de espacios que los arquitectos han puesto a su servicio.

Esa premisa de servicio, cuando se piensa en profundidad, impacta desde la escala grande (ordenación urbana) hasta la escala más pequeña (señalización y detalle).

Un “soft-landing” siempre ayuda. Minimizar el impacto del aparcamiento en superficie para permitir el paseo exterior o para habilitar una plaza de bienvenida, suele surtir efecto. La disposición de zonas verdes que sean utilizables, y no tanto decorativas, permite un paisaje de frescura, de olores y de brillos de luz que ayuda en ese primer encuentro con el edificio.

El mecanismo de la plaza, como espacio de encuentro, tan arraigado en nuestras arquitecturas europeas, es una magnífica herramienta para la socialización, para la interacción entre los individuos de la comunidad. Donde el tiempo lo permite, las plazas que presiden nuestros edificios (y no tanto al revés), se convierten en el verdadero valor añadido: son y han sido el club social de la comunidad.

La manera en la que nuestros mayores se aproximan al edificio, suele ser discreta, lenta y con frecuencia, en compañía de cuidadores, familiares, sillas de ruedas y amigos. Es una entrada en grupo y sosegada. Una entrada muy sensorial, donde se apoyan en barandillas, en paños y muros, toman unos segundos de descanso, y andan unos pasos más. Cuanto más se aproximan a la entrada del edificio, más gente se para a saludar, más amigos salen al encuentro.

Que la entrada de nuestros centros, sea generosa, abrace el acceso, esté clara e invite de manera suave a adentrarnos en el centro, es la escala que realmente nos ha funcionado en éste tipo de edificios. Una “escala de pueblo”, de comunidad próxima, de “aquí nos conocemos todos”.

 

 

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