Buenos días, vamos a bajarle el sueldo al médico que le va a operar, es una de las últimas frases que cualquier gobernante le quisiera decir a sus ciudadanos.

Pero se les ha dicho y se les va a seguir diciendo mucho. El gasto sanitario en España equivale a algo menos del 9% del Producto Interior Bruto (unos 100.000 millones de euros), un poco por debajo de la media europea y casi la mitad del 16% que se destina en Estados Unidos (aunque allí el gasto lo soportan en su inmensa mayoría los propios ciudadanos).

Sin embargo, se trata de un gasto que se ha incrementado a un ritmo superior al de los presupuestos anuales de cada autonomía. Hasta que se ha llegado al punto de ruptura.
Pero, ¿es mejor o peor el sistema español? ¿Cómo afrontan este gasto en otros países desarrollados? ¿Cuáles son las salidas?

-Situación global. Según la OCDE, el porcentaje de gasto sanitario lleva estancado desde los años noventa, si bien la población es cada vez mayor. Estados Unidos es el que más gasta en salud, pero sólo el 46,5% del presupuesto viene de fondos públicos. En el lado contrario, las arcas estatales soportan el 84,2% del presupuesto en Noruega.

El reparto español es el siguiente: el 71% procede de fondos públicos gracias a la recaudación tributaria; los seguros privados sólo suman el 5,5% y los gastos sufragados por los ciudadanos (es decir, el copago en las recetas a personas menores de 65 años, la atención dental para adultos y la óptica) componen el 22,4% restante.

En definitiva, España, junto a países como Australia, Canadá, Noruega y Portugal, se basa en sistemas sanitarios financiados a través de impuestos (sin importar sin son estatales o autonómicos, así como mediante una serie de fondos de compensación entre regiones), mientras que Alemania, Países Bajos, Polonia, Francia y Japón le dan cada vez más peso a los fondos de aseguramiento.


El sistema sanitario es uno de esos pilares irrenunciables del llamado estado del bienestar. En España, la crisis económica ha obligado a tomar medidas drásticas por parte de las autonomías, que son las competentes en materia de salud. Hay quien dice que el problema es la descentralización. Pero medio mundo ostenta un modelo similar. ¿Cómo se financia? ¿Cuáles son las opciones?
Siguiendo el informe Descentralización y financiación del gasto sanitario en España y en la experiencia comparada, realizado por el doctor en Economía David Cantarero para el XXVII Libro Marrón del Círculo de Empresarios, los sistemas sanitarios en Europa se dividen en dos grandes bloques:

– Sistema de Seguro Sanitario Social: existe una afiliación obligatoria general, donde el Estado deja claras las prestaciones incluídas y el suministro de servicios se deja para los fondos de aseguramiento con autonomía y autorregulación por parte de los proveedores.

Se financian por cotizaciones de empresarios y empleados a través de fondos de seguros no gubernamentales y sin ánimo de lucro. Lo siguen países como Austria, Bélgica, Francia, Alemania, Holanda y Luxemburgo.

– Sistemas Nacionales de Salud. La cobertura es prácticamente universal, la financiación viene de los impuestos, la provisión está regulada y los profesionales son empleados por la Administración. El sector privado tiene un papel casi anecdótico.

Dinamarca, Finlandia, Irlanda, Suecia y Reino Unido lo aplican desde poco después de la Segunda Guerra Mundial. España, Grecia, Italia y Portugal lo implantaron ya en los ochenta.

Tampoco es exclusivo de España el modelo descentralizado, ya que en Suecia la responsabilidad recae en los condados; en Italia, en las regiones; en Australia y Nueva Zelanda, en los estados; en Canadá en las provincias y en Noruega son los municipios los encargados de velar por la salud de sus habitantes.

– El futuro de los sistemas. El informe del Círculo de Empresarios observa “una tendencia creciente a incrementar el peso de los copagos” en países con el modelo alemán y a diferencia de lo que ocurre en España (por ahora, que ya se han deslizado medidas en ese sentido por parte de algunos políticos nacionales).

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