Vida a los años

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Introducción

El abordaje de los problemas derivados de la vejez no es algo nuevo, lleva ya décadas entre nosotros y es objeto de estudio y publicaciones de múltiples organismos internacionales con el objetivo de que los cuidados recibidos estén basados en el modelo de Atención Integral Centrada en la Persona. Pero la actual pandemia ha puesto de relieve que queda mucho camino por recorrer para definir la manera en que, como sociedad, articulamos los cuidados que somos capaces de brindar a nuestros mayores, para ofrecerles la oportunidad de vivir “como en casa”.

 

Algunas definiciones

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define el “envejecimiento saludable” como el “proceso de fomentar y mantener la capacidad funcional que permite el bienestar en la vejez” [1]. Grandes palabras: fomentar, mantener, capacidad funcional, bienestar y vejez, que merecen un tratamiento individualizado para consensuar significados, objetivos a lograr y acciones que poner en marcha para lograrlos, sobre todo en lo concerniente a vejez y bienestar.

Esta organización ha puesto en marcha el “Decenio del Envejecimiento Saludable 2021-2030” [1], como “el instrumento que ofrece la oportunidad de aunar a los gobiernos, la sociedad civil, los organismos internacionales, los profesionales, las instituciones académicas, los medios de comunicación y el sector privado en torno a diez años de acción concertada, catalizadora y de colaboración para mejorar las vidas de las personas mayores, sus familias y las comunidades en las que viven”.

¿Qué se entiende por envejecer? Según la definición de la Real Academia Española de la Lengua (RAE): “Dicho de una persona o de una cosa: hacerse vieja o antigua. Dicho de un material, de un dispositivo o de una cosa: perder sus propiedades con el paso del tiempo”.

De acuerdo con esta definición esta es la primera consecuencia del envejecimiento: el ser humano pierde sus “propiedades”, existe una pérdida de las capacidades fisiológicas, tanto en el plano físico como en el mental y el social [2] que ocurren de forma inevitable como consecuencia del paso del tiempo y que, en ocasiones, son difíciles de diferenciar del envejecimiento patológico (cambios que se producen por la aparición de enfermedades).

Esta merma en las capacidades del ser humano es la que marca la diferencia en el abordaje del problema:

  • Desde un punto de vista únicamente sanitario, considerando a la persona como un gran consumidor en recursos de salud;
  • Desde el punto de vista social, considerándolo como integrante y parte activa de la sociedad (o no), y
  • Desde un punto de vista ético, considerando a este ser humano, en el que los más afortunados de entre nosotros nos vamos a convertir, como sujetos con derecho a ser tratados con dignidad.

Es precisamente la decisión de cómo se valora a la persona que envejece la que va a determinar el enfoque del problema y la que determinará qué medidas se pondrán en marcha para lograr el objetivo de un envejecimiento saludable. Y nuestra visión de envejecimiento saludable es considerar al ser humano como un ser biopsicosocial (George Libman Engel, 1977) [2], en el que el factor biológico, los pensamientos, las emociones, las conductas y los factores sociales desempeñan un papel significativo de la actividad humana, incluso en el contexto de una enfermedad o discapacidad.

 

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Centro para personas con demencia Huis Perrekes en Oosterlo. Bélgica. 2018. NU architectuuratelier. Foto Stijn Bollaert.

 

¿Qué hacemos con las personas mayores?

El envejecimiento de la población puede considerarse un éxito de las políticas de salud pública y el desarrollo socioeconómico, pero también constituye un reto para la sociedad, que debe adaptarse para mejorar al máximo la salud y la capacidad de esas personas. La pregunta es “¿Qué hacemos con las personas mayores?” Y la respuesta no es sencilla.

Sabemos que el envejecimiento trae consigo una merma de nuestra salud, del normal funcionamiento de nuestros órganos, una diminución de nuestros sentidos e incluso un déficit de nuestra capacidad intelectual y cognitiva que nos obligará a buscar soluciones en el campo de la medicina tradicional con frecuentes visitas a los diferentes centros asistenciales (atención primaria o especializada) y al consumo de fármacos, algunos de ellos de utilidad, al menos, dudosa, lo que convierte a las personas mayores en grandes consumidores de recursos que no siempre aportan los beneficios esperados por el coste asociado.

Además, la presente pandemia, con un coste elevado de miles de vidas, ha puesto encima de la mesa la consideración de la conveniencia de “medicalizar” las instituciones dedicadas al cuidado de personas mayores, de ancianos. No nos parece el enfoque más correcto: creemos acertar al expresar que ninguno de nosotros quisiera vivir permanentemente en un entorno hospitalario, separado de nuestros seres queridos, sin posibilidad de realizar las actividades más ordinarias con libertad plena, solo por conservar nuestra salud.

A este factor “salud” se le ha asociado la edad como criterio de discriminación, lo que recibe el nombre de “ageísmo” [3]: al perder la utilidad, se margina al anciano, se le desahucia, y es abandonado por la familia en asilos y hospitales. Este tipo de discriminación atenta contra el respeto al principio de autonomía de las personas mayores a todos los niveles (independencia para pensar y obrar, pero también libertad de movimientos), e incluso puede acompañarse en algunos casos de agresión física directa o mediante comportamientos negligentes y de abusos psicológicos o económicos. Este comportamiento tiene repercusiones no solo en el plano físico y psicológico, con alteraciones de la salud, sino también en el plano social, convirtiendo al anciano en un ser vulnerable que se cuestiona a sí mismo sobre su utilidad y que, para no molestar, se recluye y se aísla, creando un problema mayor cuando el anciano pensaba que, precisamente esa era la solución.

El anciano se enfrenta a esta situación en, al menos, tres escenarios distintos:

  • En el seno de su propia familia, con la que convive;
  • En su propio domicilio, en el que además de lo comentado, debe hacer frente en muchas ocasiones a la soledad que rodea su vida y sus actos.
  • En el entorno sociosanitario y residencias en las que, en muchas ocasiones, en lugar de planes individualizados de cuidados, se aplican planes estandarizados, privando de este modo a la persona de su individualidad, de lo que le hace ser único e insustituible.

Pero sea cual sea el entorno, lo que se debe buscar es mantener la capacidad funcional de los individuos, es decir, aquello que permite a una persona ser y hacer lo que es importante para ella [4]:

  • Satisfacer las necesidades básicas; aprender, crecer y tomar decisiones;
  • Tener movilidad;
  • Establecer y mantener relaciones;
  • Contribuir a la sociedad.

Para lograr este objetivo se precisa:

  • Capacidad intrínseca: que no es sino la combinación de todas las capacidades físicas y mentales de una persona e incluye su capacidad de caminar, pensar, ver, oír y recordar.
  • Entorno adecuado: el hogar, la comunidad y la sociedad en general, y todo ello hace referencia no solo al entorno físico, construido, sino también a las personas y las relaciones entre ellas, las actitudes, los valores, las políticas de salud y sociales, los sistemas que las sustentan y los servicios que prestan.

 

Diferentes enfoques

Algunos trabajos [5] muestran que la opción preferida es siempre ser tratado en nuestros propios domicilios. Pero si esto no fuera posible, la mayoría de los estudios deja de manifiesto que lo que se desea “ser tratado como en casa”.

Así pues, surgen dos enfoques diferentes en lo relacionado con la atención al envejecimiento:

  • “en casa”: en el propio domicilio, aunque se deban acometer obras de reforma para hacer posible la atención;
  • “como en casa”: en viviendas asistidas que pueden variar su configuración: pisos asistidos, pisos tutelados, o atención residencial, preferentemente con configuración de pequeñas unidades de convivencia en cada una de las plantas de la residencia. Para esto, como dice Mercé Mas, [6] “es necesario un cambio porque, a veces, los centros en los que viven personas en situación de dependencia tienen normas de funcionamiento que las deshumanizan al impedirles hacer su propia vida, ser protagonistas de ella en la medida de sus posibilidades”.

En ambos enfoques lo que se pretende es proporcionar los apoyos adecuados a la situación de dependencia/independencia de los usuarios, con calidad y sin menoscabo de principios como la salvaguarda de su autonomía personal. Y tienen algo en común: la atención recibida está basada en el modelo de Atención Integral Centrada en la Persona (AICP) [7].

Hay que introducir cambios en nosotros mismos como individuos, en la sociedad y en el sistema de cuidados que se brinda a las personas mayores para contribuir al “Envejecimiento Saludable” [8] (Fig. 1):

Como individuos, un cambio en nuestra forma de ver el envejecimiento y las personas mayores. Cambiar nuestra forma de pensar, sentir y actuar frente a la edad y el envejecimiento, no considerándolo con un hecho negativo sino como una consecuencia de vivir más años, transformando la discriminación en integración.

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             Fig. 1: Envejecimiento Saludable. Organización Mundial de la Salud (OMS)

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